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La nada misma

Si la estabilidad es un estado, yo estoy en estado de sitio.

El asiento al pasillo es mi lugar en el tren, la charla siempre es amena, esta vez hablamos de proyectos, de un hombre, de ganas de cambiar, de habitar, llegar a la orilla. Down Town Matias, esta siempre en la misma esquina y cada vez que paso, me dan las mismas ganas de cerveza negra y picada.
Camino por la avenida, el sol cálido me da en la cara, sigo en sentido al tránsito, este lugar no lo conozco, pero no me da miedo, me gusta perderme en la ciudad de tanto en tanto.
Me subo a la camioneta, me dejaron elegir la música, pero el disco que tomé para escuchar no tenía los temas que decía contener. El volumen de los parlantes de la Fox, es normal, pero penetra en un lugar que no conozco, pero molesta.
El asfalto se convierte en tierra, seca, agrietada, hace demasiado calor, no hay nada; la camioneta toma demasiada velocidad, cada vez más, de repente caigo, tan fuerte que los isquiones aún me duelen y no sé donde estoy, miro al rededor y no hay nada.
Bajo la vista, me miro las manos, la tierra me envuelve, me invade; al rededor: nada. La mismísima nada me esta rodeando, todo es llano, seco, lúgubre. No sé por donde se fue la camioneta, no escuche el sonido al alejarse, no provocó polvo, sólo desapareció. Desde adentro me empujaron, por primera vez en mucho tiempo, me tiran, me dicen que no, se imponen, me limitan.
Probablemente el que me hizo esto sea un hijo de puta, otro hijo de puta delante mio, otro más de unos cuantos. Eso ya no importa.
Ahora... soledad, confusión, incertidumbre, llanura. Nada. La nada misma y un poco más.

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